Su boca ya no era tierna; el movimiento de sus labios transmitía una sensación por completo nueva, de conflicto y desesperación. Entrelacé los dedos detrás de su cuello y sentí su cuerpo más gélido que nunca contra mi piel, que de pronto parecía arder. Me estremecí, pero no era a causa del frío.
Edward no paraba de besarme. Fui yo quien tuvo que apartarse para respirar, pero ni siquiera entonces sus labios se separaron de mi piel, sino que se deslizaron hacia mi garganta. La emoción de la victoria fue un extraño climax que me hizo sentir poderosa y valiente. Mis manos ya no temblaban; mis dedos soltaron con facilidad los botones de su camisa y recorrieron las líneas perfectas de su pecho de hielo. Edward era tan hermoso... ¿Qué palabra acaba de utilizar él? Insoportable. Sí, su belleza era tan intensa que resultaba casi insoportable.
Dirigí su boca hacia la mía; parecía tan encendido como yo. Una de sus manos seguía acariciando mi cara, mientras la otra me aferraba la cintura y me apretaba contra él. Eso me ponía un poco más difícil llegar a los botones de mi blusa, pero no imposible.
Unas frías esposas de acero apresaron mis muñecas y levantaron mis manos por encima de la cabeza, que de pronto estaba apoyada sobre una almohada.
Sus labios volvían a estar junto a mi oreja.
—Bella —murmuró, con voz cálida y aterciopelada—. Por favor, ¿te importaría dejar de desnudarte?
♥
Edward no paraba de besarme. Fui yo quien tuvo que apartarse para respirar, pero ni siquiera entonces sus labios se separaron de mi piel, sino que se deslizaron hacia mi garganta. La emoción de la victoria fue un extraño climax que me hizo sentir poderosa y valiente. Mis manos ya no temblaban; mis dedos soltaron con facilidad los botones de su camisa y recorrieron las líneas perfectas de su pecho de hielo. Edward era tan hermoso... ¿Qué palabra acaba de utilizar él? Insoportable. Sí, su belleza era tan intensa que resultaba casi insoportable.
Dirigí su boca hacia la mía; parecía tan encendido como yo. Una de sus manos seguía acariciando mi cara, mientras la otra me aferraba la cintura y me apretaba contra él. Eso me ponía un poco más difícil llegar a los botones de mi blusa, pero no imposible.
Unas frías esposas de acero apresaron mis muñecas y levantaron mis manos por encima de la cabeza, que de pronto estaba apoyada sobre una almohada.
Sus labios volvían a estar junto a mi oreja.
—Bella —murmuró, con voz cálida y aterciopelada—. Por favor, ¿te importaría dejar de desnudarte?
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